Un simple café

Un simple café

Dar, ser generoso en casa o con compañeros de trabajo, no consiste en buscar el “quid pro quo”.

Mi mujer siempre me pide un café después de comer. Le gusta en unas tazas pequeñas muy historiadas que tenemos, y de tipo “ristretto”, solo dedo y medio de café. Del más fuerte que hace Nespresso.

Lo interesante es que muchas veces no se lo toma. Cuando toca recoger me encuentro su taza prácticamente igual a como se la di. A lo sumo un par de sorbos.

Hasta hace poco eso me dejaba un poco confuso — “Pero, ¿para qué me pides el café? ¡Nunca te lo tomas!” ¿Su respuesta? — “Me encanta que me hagas el café. Ya decido yo si me lo bebo”.

Hasta que caí en la cuenta: mi regalo acaba con hacer el café. La recompensa de dar es dar.

Lo que haga ella para disfrutarlo (beberse el café, mirarlo, calentarse las manos o simplemente sentir que está ahí, listo para beber) es cosa suya.

Dar, ser generoso en casa o con compañeros de trabajo, no consiste en buscar el “quid pro quo”.

Dar tampoco te da derechos sobre la “cosa dada”. Dar, como dijo en su día John D. Rockefeller Jr., es simplemente “un privilegio.”

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